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El Ramadán en El Cairo

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El Ramadán en El Cairo

Nota Lun 20 Sep, 2010

El Ramadán, mes de ayuno musulmán, se encuentra en pleno ecuador y El Cairo es el mejor lugar del mundo árabe para vivir esta festividad religiosa, que cada año viene marcada por la luna.

Es bien sabido que hasta que cae el sol, durante el Ramadán los musulmanes no deben beber, ni siquiera agua, comer ni hacer el amor, pero mientras la mayoría de las ciudades con población musulmana permanecen adormecidas durante esas horas, El Cairo no pierde su frenética actividad, y las calles se encuentran tan atestadas como en cualquier otro mes del año, aunque los visitantes si se ven afectados por un cierre prematuro -generalmente a las tres de la tarde- de museos y otras atracciones, como las pirámides.

Es al ponerse el sol, claro, cuando los hambrientos y sedientos cairotas toman a millares las terrazas de los restaurantes y cafetines para devorar shihs kebabs, deliciosas cremas tahira de berenjenas, alubias, arroz y sopas. Los alrededores de la Mezquita de Hussein, en la plaza del mismo nombre junto al milenario mercado de Khan el Khalili, se pueblan de familias que pasan la noche comiendo, charlando y durmiendo junto a los muros del templo, si son peregrinos y no tienen dinero para pagarse una pensión. El lugar parece casi un campamento.La mezquita Hussein es también un centro de peregrinaje para los chiítas, ya que se asegura que la cabeza del yerno del Profeta, origen del cisma entre chiítas y sunitas en el mundo musulmán, esta enterrada bajo sus losas.

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Después de una cena en algún restaurante de turistas, como el Felfella, o en un pequeño local de El Cairo islámico, casi exclusivo para egipcios, hay que pasarse por el café El Fishawi, en Khan el Khalili. Es un cafetín de estrechos pasillos donde se puede comer algún plato sencillo y fumarse un narguile hasta las tantas, pues El Fishawi abre las 24 horas y lo hace desde unos doscientos años. El lugar, desde luego, tiene estilo, el poso de los años y sus paredes están ennoblecidas por el humo de miles de pipas de agua que se han consumido aquí desde la época en que en Egipto gobernaba un Bey que rendía pleitesía al Sultán de Turquía.

Pero no solo El Cairo islámico, el escenario de los personajes de la trilogía de Naguib Mafhuz, esta animado en las noches de Ramadán. En pleno centro, calles como Mohamed El Faridi o la avenida 26 de julio también se encuentran rebosantes de familias que comen o hacen compras, acompañados de sus niños pequeños hasta bien entrada la madrugada.

Es interesante durante el día visitar las mezquitas, con más fieles que en otras épocas del año. En Islamic Cairo hay decenas de joyas erigidas en la época de los abasidas -entre los siglos VIII y IX-, de los fatimitas o de los mamelucos.

Una de mis favoritas es la mezquita de Al Hakim, el califa loco cuya crueldad compitió con la belleza de los monumentos y obras civiles que ordeno construir en El Cairo en el siglo XI. Al Hakim fue un déspota que disfrutaba asesinando y torturando a muchos de sus súbditos con sus propias maños. Una de sus distracciones favoritas era salir de incógnito del palacio a lomos de un asno y escoltado por su guardia personal y por un esclavo negro, un verdadero gigante senegalés. Entre el pánico de los ciudadaños, Al Hakim ordenaba comprobar la exactitud de las pesas de los comerciantes y en cuanto encontraba una trampeada, ordenaba allí mismo al negro que sodomizara al mercader tramposo para escarnio y ejemplo de sus súbditos.

Pero la mezquita que mando elevar para gloria de Ala es una autentica maravilla, y en estos días el canto del muecín reverbera de continuo entre sus muros y arcadas.

En los restaurantes y cafés más turísticos si puede conseguirse estos días una Stella, la famosa cerveza egipcia, pero hay que consumirla siempre en el interior. En cambio, no parece posible asistir a algún espectáculo de Danza del Vientre, pues los locales más famosos, como el turístico Ramsés o el más cutre y escondido Palmira, no muestran a sus bailarinas durante el sagrado mes.

Había visto mas veces las pirámides de Keops, Kefren y Micerinos, pero nunca había penetrado en sus galerías y pensaba que no se podía ver algo en el interior que mereciera la pena. Craso error que me alegro haber cometido, pues ello me ha permitido sentir hoy la emoción de uno de aquellos arqueólogos, cuando he meditado un buen rato a solas en la cámara del faraón Keops. El sarcófago yace en una habitación, un perfecto paralelogramo en el corazón de la pirámide y al que se accede después de trepar agachado por una larga galería. Nada menos que la friolera de 4.600 años han pasado desde que miles de esclavos de Keops construyeran la que todavía hoy es la estructura artificial más pesada de todo el planeta.

Y ha sido a solas porque apenas hay turistas este año en Egipto. "Los turistas tienen miedo a venir por el lío de Afganistán", me explica un conductor de camellos al pie de la pirámide de Kefren, "pero yo, como la mayoría de los egipcios, odio a los talibanes y estoy tan en contra de ellos como los europeos o los americanos", concluye antes de hacerme todo un interrogatorio acerca de las prácticas sexuales que seguimos en España y que dura hasta que me deja, medio mareado, junto a las garras de la Esfinge.

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