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Las Romerías y los Marabutos (Marruecos)

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Silvia

Las Romerías y los Marabutos (Marruecos)

Nota Mar 05 Oct, 2010

Marruecos es un país muy rico en fiestas populares, donde se reflejan claramente influencias culturales no ligadas a la ortodoxia musulmana. Esto le da a la población marroquí esa personalidad tan diferenciada de la mayoría de los países musulmanes. Las cofradías nacidas en muchos casos a la sombra del sufismo de las Zauias han mantenido un rol importantísimo en las creencias religiosas de sus adeptos, siendo una fuerza contrarrestadora de los poderes absolutos que la monarquía quiso ejercer en algunos periodos. Se puede afirmar que Marruecos es el único país del Islam en el que hay santos, canonizados popularmente por sus vidas ejemplares y conocimientos.

En los mussem o romerías, muy parecidas a la del Rocío, la ortodoxia islámica deja paso a un cóctel entre animismo preislámico y sufismo. Los hombres y las mujeres se entregan al frenesí de la música y la danza que les conduce a un estado de trance. Para los participantes agotamiento y éxtasis son inseparables. Fantasías a caballo, correr la pólvora, penetrante música, bacanal,... En esos días se permite todo, de día espectáculos a cielo abierto y de noche lujuria y desenfreno hasta el amanecer, bajo el amparo de las suntuosas jaimas que se instalan generalmente a las afueras de los núcleos urbanos y cerca de la tumba del santo. La mayoría de estas celebraciones se organizan entre primavera y otoño. Los mussems anuales, tienen a la vez una función comercial y religiosa, coincidiendo en muchos lugares con mercados importantes de ganado y otros productos.

Algunos ritos se realizan un poco alejados de las miradas de los no iniciados y las autoridades, que no aprueban lo que consideran restos de un barbarismo atávico. Las cofradías de los Hamacha, Aisaua o Jilala., retan a las fuerzas de la naturaleza en pleno trance. Comer escorpiones, cristales rotos, beber agua hirviendo, ordalías de fuego y puñales..., todo se hace en estas ceremonias. Cada hermandad tiene una música perfectamente reconocible por cualquier miembro de ella. Los adeptos desde la infancia integran en el subconsciente estos ritmos y los ritos asociados, así cualquier miembro de ellas siente una irresistible llamada cuando escucha "su música", abandona todo y se persona en el escenario donde con una facilidad increíble entra en trance.

Yo tuve la suerte de ser invitado en Larache a una ceremonia que se realizaba para sanar a mi amigo Nordin, que estuvo emigrado en Holanda. Este había sufrido un accidente que le trastornó la cabeza un par de años atrás, en el aeropuerto de Ámsterdam. Una puerta de avión le había caído encima. La medicina convencional lo consideraba desahuciado y le dieron la jubilacion anticipada. Vivía absolutamente sedado por la farmacopea que le recetaban los psiquiatras y desde el accidente su cuerpo ahora fofo no paraba de transpirar . Su madre, no aceptando el despojo de hijo que le devolvieron de esa aventura europea, decidió convocarnos a los amigos y familiares más cercanos para participar en un rito Aisaua, cofradía a la que pertenecía. La ceremonia comenzó a la caída de la tarde con una procesión encabezada por el estandarte de la cofradía y los músicos, que descendieron por las callejuelas de la medina hasta el domicilio de esta familia. En la casa ya estábamos los del círculo más íntimo tumbados sobre las alfombras y divanes, habiend sido advertidos de no portar ninguna prenda de color rojo para no provocar ninguna tensión entre los cofrades. Estos, ataviados con múltiples túnicas de colores muy vivos, penetraron en el salón sin cesar de tocar los tambores con un ritmo muy grave y lento que inundó la casa.

Nuestro anfitrión lucía una impecable kandora (túnica) blanca y estaba sentado en el centro rodeado por todos nosotros, quienes le transmitíamos el deseo colectivo para que sanase buscando su necesaria colaboración.

Los cofrades y los músicos tomaron posiciones y el jeriff se sentó junto a él, ambos cubriéndose bajo un amplio pañuelo. La música seguía incesante, ahora con más fuerza, mientras los dos hablaban en el centro durante un largo rato. Muchos tés se sucedieron en esa primera sesión y comenzaron los bailes de esas personas enfundadas en tantas túnicas que de unos primeros y suaves movimientos pasaron a un ritmo mucho más fuerte. Aquí el jeriff dejó el pañuelo que les cubría e invitó a nuestro amigo para que bailase junto a los demás. Ya la tensión en el ambiente era muy fuerte y uno de los bailarines, poseído, saltaba por encima de nuestras cabezas en pleno trance. Así, fueron participando todos en breves intervenciones que descoyuntaban sus cuerpos. Uno de ellos se lanzó a la tetera hirviente sobre el fuego y se la bebió de un trago.

Éxtasis y freno a la vez, secundado por otras intervenciones similares donde aparecieron cuchillos con los que se escarificaban la piel y brotaba la sangre. Nuestro amigo seguía bailando sin cesar, permanentemente acompañado, ahora por los amigos que nos turnábamos para mantenerlo en pie. La ordalía de puñales seguía cada vez con más frecuencia y saltó la muy gruesa madre en un frenético baile con una agilidad que nunca antes habíamos visto en ella y que la llevó a lanzarse directamente contra las brasas del fuego donde quería apagar ese fuerte trance.

Los amigos intentamos evitar que mantuviera la cara allí metida , pero tenía una fuerza descomunal y acabó con unas brasas de carbón en las manos que se restregaba por la cara hasta caer extenuada. Al rato la música bajó de nuevo el ritmo y el jeriff repitió la operación del pañuelo con nuestro amigo, el cual no había parado de bailar. Le habló durante otro largo rato, sentados los dos, en el centro de la estancia. La música de los tambores y darbugas subieron de nuevo y los bailarines comenzaron a quitarse algunas de las túnicas que como cebollas les enfundaban.

Entró a bailar un bujali con una kandora hecha a base de jirones de tela de las que dejan los romeros a modo de exvotos en los árboles que rodean los santuarios. Este hombre delgado y fibroso, de espesa y afilada barba, bailó y saltó de una forma sobrenatural hasta tocar el techo. Algunos vecinos del barrio pertenecientes a la hermandad se fueron uniendo a la ceremonia, entre ellos el repartidor de butano enfundado en su mono naranja que entró en la estancia de un salto y bailó desaforadamente hasta agarrar un vaso y comérselo bien masticado.

El enfermo, ya extenuado, no se podía tener en pie. Habían sido varias horas seguidas y lo manteníamos bailando entre 4 personas que nos seguimos turnando toda la noche alternando los encuentros bajo el pañuelo con la danza.

Sucesivamente, unos u otros pasaban del trance a la extenuación con mutilación, hasta que el más viejo del grupo, bailando como un jovencito, sacó su puñal y se hizo tres grandes surcos en su calva cabeza de la que emanó abundante sangre en la que restregó unas tortas de pan y repartió entre todos los participantes. La música cesó y comimos de ese pan ensangrentado que acompañamos con un cordero vivo que descuartizamos con las manos y devoramos con ansia. Así, al amanecer, salíamos de la casa con una extrañísima sensación en el cuerpo. Pude comprobar, ya en la calle, que las heridas casi no se apreciaban, habían cicatrizado milagrosamente. Hasta la redonda cabeza del viejo Aissaua relucía brillante con los primeros rayos de sol.

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